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Sōji — 掃除: limpiar el dojo, ordenar la mente

Foto del escritor: David Tapia López
David Tapia López
10 ago
9 min de lectura

Actualizado: hace 7 horas

«Al limpiar el espacio donde entrenamos, recordamos que también nosotros tenemos algo que ordenar, limpiar y dejar atrás.»
Limpieza del tatami durante el Soji, práctica de cuidado, orden y responsabilidad compartida en el dojo.
Primeras prácticas sobre el tatami de nuestro dojo en Quilicura, mientras el espacio aún se encontraba en proceso de construcción. Antes de que el dojo estuviera terminado, el entrenamiento ya había comenzado. Preparar, limpiar y cuidar juntos aquel espacio fue también parte de aprender a construir nuestra comunidad.


En nuestro dojo, el Sōji (掃除) nunca fue solamente algo que se hacía al terminar la clase.


Desde el comienzo, en Quilicura, lo entendimos como una práctica que acompañaba todo el entrenamiento.


Antes de comenzar, limpiábamos y preparábamos el espacio.

Al terminar, volvíamos a limpiar y ordenar.


Una acción abría la práctica.

La otra la cerraba.


Y entre ambas ocurría el entrenamiento.



Antes de la clase: preparar el espacio


El Sōji previo tiene un sentido muy concreto.


Llegamos.

Abrimos el dojo.

Revisamos el tatami.

Barremos.

Limpiamos.

Ordenamos.


Preparamos el espacio para que esté en condiciones adecuadas para entrenar.


Por supuesto, existe una razón práctica evidente:

La higiene.


En Brazilian Jiu-Jitsu existe contacto físico constante con el tatami y con nuestros compañeros. Por eso la limpieza no es un detalle ni una formalidad.


Es parte de la seguridad del entrenamiento.


Pero preparar el dojo antes de la clase también produce algo más.

Marca una transición.


Un momento antes veníamos desde el trabajo, los estudios, la familia, el tráfico, las preocupaciones y las obligaciones del día.


Entonces comenzamos a ordenar el espacio.

Y mientras lo hacemos, de alguna manera también comenzamos a ordenarnos nosotros.


El cuerpo llega primero.

La atención comienza a seguirlo.

El dojo se prepara para recibir la práctica.


Y nosotros también.



Preparar antes de recibir


Existe algo que siempre me ha parecido importante en este gesto.

No esperamos simplemente que el espacio esté preparado para nosotros.


Lo preparamos.


Eso cambia nuestra relación con el dojo.

Dejamos de verlo como un lugar que solamente utilizamos.


Comenzamos a entenderlo como un espacio que debemos cuidar.


Antes de recibir conocimiento, preparamos el lugar donde ese conocimiento será transmitido.


Antes de pedirle algo al entrenamiento, entregamos algo nosotros.


Tiempo.

Atención.

Cuidado.

Orden.


Aunque sean solamente unos minutos.



Después de la clase: cerrar la práctica


Cuando termina el entrenamiento ocurre el proceso inverso.


El tatami guarda las huellas de la clase.


Sudor.

Movimiento.

Trabajo.

Errores.

Aprendizaje.


Entonces volvemos al Sōji.


Limpiamos.

Desinfectamos.

Ordenamos.

Guardamos.


Dejamos nuevamente el espacio preparado.


Pero ahora el gesto posee otro sentido.

Antes de la clase estábamos abriendo el entrenamiento.

Después de la clase estamos cerrándolo.


No simplemente abandonamos el espacio cuando terminamos de utilizarlo.

Lo dejamos en condiciones para aquello que vendrá después.


Entramos en un dojo limpio y procuramos dejar un dojo limpio.


Hay algo profundamente sencillo y correcto en eso.



El Sōji como ciclo


Por eso me gusta pensar el Sōji como un ciclo.

Antes:

preparar.

Durante:

practicar.

Después:

ordenar y dejar preparado nuevamente.


Y al siguiente entrenamiento, comenzar otra vez.


El dojo nunca está realmente «terminado».

Se prepara.

Se utiliza.

Se limpia.

Se prepara nuevamente.


Exactamente igual que nuestra práctica.

Aprendemos.

Probamos.

Fallamos.

Corregimos.

Volvemos.


No existe un punto definitivo de llegada.

Existe continuidad.



Sōji y Misogi


En la tradición japonesa encontramos también el concepto de misogi (禊), asociado a la purificación.


Sōji y misogi no son exactamente lo mismo.

Sōji significa, de manera sencilla, limpieza.


Misogi pertenece a un contexto ritual y espiritual mucho más específico.


Pero entre ambos puede establecerse una analogía muy poderosa.


En el Sōji retiramos aquello que sobra del espacio.


En el entrenamiento intentamos hacer algo semejante con nosotros mismos.


Eliminar tensión.

Eliminar movimientos inútiles.

Eliminar respuestas impulsivas.

Eliminar fuerza innecesaria.

Eliminar malos hábitos.

Eliminar ego.


Por eso limpiar el dojo antes y después de la práctica puede convertirse en una imagen sencilla de aquello que hacemos también durante el entrenamiento.


Preparar.

Refinar.

Limpiar.

Volver a comenzar.


El Misogi (禊) es una antigua práctica de purificación de la tradición Shintō. En los relatos mitológicos japoneses, su referencia más conocida aparece en el Kojiki (古事記), cuando Izanagi-no-Mikoto realiza una purificación después de regresar de Yomi, el mundo de los muertos.


Para profundizar: revisa nuestro artículo Amatsu Norito: purificación, sonido y el espíritu del Budō ↗, donde exploramos el misogi de Izanagi y los conceptos de harai, kiyome y kototama dentro de su contexto tradicional y marcial.


Más que una simple limpieza física, el Misogi expresa la idea de retirar aquello que perturba para recuperar un estado de claridad, orden y armonía.


Dentro de algunas tradiciones del Budō, esta idea de purificación se ha extendido también como una forma de comprender la práctica marcial.


Podemos observarla en tres dimensiones relacionadas:


el ambiente, mediante el cuidado y limpieza del dojo (Sōji);

el cuerpo, mediante higiene, preparación y esfuerzo físico;

y la mente y el espíritu, mediante una práctica consciente, disciplinada y sincera.


No las entiendo como etapas completamente separadas ni como una jerarquía rígida.

Se relacionan.


Antes de entrar al tatami cuidamos nuestro cuerpo y nuestra ropa.


Preparamos y limpiamos el espacio.

Después entrenamos.


Y durante la práctica volvemos a encontrarnos con aquello que también necesita ser “limpiado” dentro de nosotros: tensión, distracción, miedo, arrogancia, malos hábitos y respuestas innecesarias.


En ese sentido, el Sōji puede convertirse en la expresión exterior de una idea mucho más profunda.


Limpiamos el dojo.

Pero también aprendemos a observar aquello que necesita ser ordenado dentro de nosotros.


El punto no es pensar que toda suciedad exterior sea literalmente un reflejo de una impureza interior.


La enseñanza es más sencilla:

el dojo puede funcionar como un espejo.


Nuestra reacción frente al cansancio, al desorden, a la frustración o a los errores revela mucho sobre nuestra actitud.


Por eso la práctica comienza antes de ejecutar una técnica.

Comienza en cómo llegamos.

Cómo cuidamos nuestro cuerpo.

Cómo preparamos el espacio.

Cómo tratamos a nuestros compañeros.

Cómo entrenamos.


Y cómo dejamos el dojo cuando nos marchamos.


El Misogi, entendido desde esta perspectiva marcial, no es una búsqueda de perfección.


Es un proceso continuo de refinamiento.

Encontrar aquello que sobra.

Reconocerlo.

Y, poco a poco, retirarlo.


Por eso el Budō puede convertirse en un camino de purificación.


No porque cada entrenamiento sea necesariamente un ritual religioso, sino porque cada práctica nos ofrece una oportunidad de regresar un poco más conscientes de aquello que somos y de aquello que todavía debemos trabajar.


Limpiar el espacio.

Preparar el cuerpo.

Ordenar la mente.

Refinar el espíritu.


Ese, para mí, es el vínculo más profundo entre Sōji, Misogi y Budō.



Del exterior al interior


El proceso comienza afuera.


Ordenamos el espacio.

Cuidamos nuestra higiene.

Preparamos nuestro uniforme.

Revisamos nuestro cuerpo.


Y entonces comienza algo más interior.

Ordenamos la atención.

Respiramos.

Entramos al tatami.

Nos concentramos.

Entrenamos.


Por eso el Sōji previo tiene un valor especial.


No solamente limpia el lugar.

También nos ayuda a entrar realmente en la práctica.


Y el Sōji posterior hace lo contrario.


Nos ayuda a cerrar.

A devolver el espacio.

A dejarlo listo.


A entender que el entrenamiento terminó, pero el cuidado continúa.



Sōji como Misogi: nuestra historia con el Sōji


Cuando comenzamos nuestro dojo en Quilicura, el Sōji formaba parte de nuestra rutina antes y después de cada clase.


Nos reuníamos.

Preparábamos el espacio.

Limpiábamos.

Entrenábamos.


Y al finalizar, volvíamos a limpiar y ordenar juntos.


Era una práctica sencilla, casi cotidiana.


Pero con el tiempo comprendí cuánto podía enseñarnos.


Nos recordaba que el dojo no aparecía mágicamente limpio y preparado para nosotros.


Que el lugar donde entrenábamos necesitaba cuidado.

Que todos utilizábamos el mismo espacio.


Y que, por lo tanto, todos formábamos parte de su conservación.


Ahí es donde el Sōji comenzaba a acercarse, para nosotros, a la idea de Misogi.


No porque limpiar el tatami fuera literalmente un ritual de purificación, sino porque el acto de ordenar y limpiar el espacio terminaba enseñándonos algo sobre nosotros mismos.


Preparar afuera también ayudaba a prepararnos por dentro.


Y al terminar la clase, limpiar nuevamente era una forma sencilla de cerrar la práctica, agradecer el espacio y dejarlo listo para comenzar otra vez.



Cuando la realidad cambia


Con los años, sin embargo, nuestras circunstancias fueron cambiando.


Trabajo.

Estudios.

Familia.

Traslados.

Horarios cada vez más ajustados.


Muchas veces los alumnos llegan apenas a tiempo para entrenar y deben marcharse rápidamente al terminar.


Intentar mantener obligatoriamente un Sōji colectivo antes y después de cada clase comenzó a significar, en la práctica, reducir un tiempo de entrenamiento que para muchos ya era limitado.


Por eso tomé una decisión.


Actualmente realizo personalmente el Sōji antes de que lleguen los alumnos y nuevamente después de que todos se han marchado.


Antes de la clase preparo el dojo.


Después de la clase lo cierro y lo dejo preparado para la próxima práctica.


Y, aunque la forma externa haya cambiado, considero que el sentido de la práctica permanece.



La práctica cambia; la enseñanza permanece


Al comienzo, el aprendizaje estaba también en hacerlo juntos.


Tomar el escobillón.

Barrer.

Pasar un paño.

Desinfectar.

Limpiar el tatami.

Ordenar.

Preparar el espacio.

Encender incienso.

Dejar todo dispuesto para comenzar.


Hoy muchas veces soy yo quien realiza ese trabajo en silencio.


Porque el valor nunca estuvo solamente en barrer o limpiar.


Estaba en comprender que preparar el dojo también era una forma de prepararnos nosotros mismos.


El respeto por el espacio.

La higiene.

El orden.

La responsabilidad.

El cuidado del compañero.


La comprensión de que las cosas no ocurren solas.


Y la idea de que existen tareas que simplemente deben hacerse, aunque nadie esté mirando.


El Sōji nunca dependió realmente de la escoba.

Dependía de la actitud.



Antes de que lleguen


Hay un momento que hoy valoro especialmente.

El dojo está vacío.


Todavía no comienza la clase.


Limpio el tatami.

Ordeno.

Reviso el espacio.

Preparo aquello que necesitaremos.


Dentro de poco estarán allí mis alumnos.

Habrá conversación.

Movimiento.

Errores.

Risas.

Presión.

Aprendizaje.


Pero durante unos minutos existe solamente silencio y preparación.


Y ese momento también forma parte de mi práctica.


Ser profesor no significa solamente enseñar cuando todos están presentes.

También significa preparar aquello que otros van a recibir.


Llegar antes.

Cuidar.

Ordenar.

Crear las condiciones.



Después de que todos se van


Y existe otro momento.

La clase terminó.

Todos se marcharon.

El dojo vuelve a quedar en silencio.


El tatami está marcado por el entrenamiento.


Entonces comienza nuevamente el Sōji.


Limpiar después posee una sensación diferente.


Ahora no estamos preparando algo que todavía no ocurre.

Estamos cerrando algo que ya ocurrió.


El entrenamiento terminó.

Pero nuestra responsabilidad con el espacio todavía no.


Limpiamos.

Ordenamos.

Guardamos.


Y dejamos todo listo para volver a comenzar.


Hay algo casi circular en ello.

El último acto de una clase es también la preparación de la siguiente.



Servir también es parte del camino


Con el tiempo he aprendido a ver esto de otra manera.


Realizar personalmente el Sōji antes y después de las clases no me parece una tarea menor.


Tampoco considero que esté haciendo algo extraordinario.


Simplemente forma parte de aquello que corresponde hacer.


Pero sí contiene una enseñanza importante:

servir también forma parte del camino.


Ser profesor no significa estar por encima de las tareas sencillas.


Debería significar comprender mejor su importancia.

No necesito que mis alumnos me vean limpiando para que el acto tenga valor.

No necesito reconocimiento.


El beneficio está en que cuando ellos llegan encuentran un espacio limpio, seguro y preparado.


Y cuando regresen, volverá a estarlo.

Eso basta.



La limpieza como forma de cuidado


En términos prácticos, este cuidado se expresa en acciones sencillas: llegar con el cuerpo y la ropa de entrenamiento limpios, lavar el uniforme después de cada uso, no compartir toallas ni prendas, cubrir adecuadamente los cortes menores y limpiar y desinfectar las superficies que mantienen contacto directo con la piel.


El Sōji no trata solamente del tatami.

Trata de personas.


Si aparecen lesiones que puedan indicar una infección, corresponde informar, no entrenar y buscar orientación profesional antes de regresar al tatami.


Limpiamos porque alguien va a entrenar allí.

Desinfectamos porque queremos proteger su salud.


Ordenamos porque queremos reducir riesgos.

Preparamos porque queremos que la clase pueda comenzar correctamente.


Dejamos todo en condiciones porque sabemos que volveremos a utilizarlo.


Por eso:

cuidar el dojo es una forma de cuidar a quienes entrenan en él.


Esta idea conecta directamente con uno de nuestros ideales dentro del Sistema Maximus 3-4-5:

Cuidar al compañero.


A veces cuidar significa detener una finalización.


Otras veces significa adaptar nuestra intensidad.


Y algunas veces significa simplemente asegurarnos de que el lugar donde entrenará esté limpio.



Sōji dentro de Maximus 3-4-5


Dentro del Sistema Maximus 3-4-5, el Sōji puede relacionarse especialmente con nuestra primera fase:


Cuerpo.


Antes de entrenar necesitamos preparar la herramienta fundamental.


Nuestro cuerpo.

Nuestra higiene.

Nuestro uniforme.

Nuestra respiración.

Nuestra disposición.


Y también el espacio donde ese cuerpo se moverá.

Pero el Sōji toca además varios de nuestros ideales.


Proteger la vida

La higiene protege nuestra salud y la de nuestros compañeros.


Cultivar la fuerza

La disciplina se construye mediante pequeñas acciones repetidas correctamente.


Honrar el camino

Cuidamos el lugar donde aprendemos y enseñamos.


Cuidar al compañero

Preparamos un espacio limpio y seguro.


Aceptar lo que no puedo controlar

No podemos controlar cómo actuará cada persona, pero siempre podemos decidir cuál será nuestra propia conducta.



La enseñanza permanece


La forma de nuestra práctica de Sōji ha cambiado con los años.

Antes lo realizábamos juntos.

Hoy, debido a la realidad de nuestros horarios, muchas veces lo hago yo antes y después de cada clase.

Pero no considero que hayamos perdido aquello que aprendimos.


La forma cambió.

El principio permanece.


Responsabilidad.

Orden.

Humildad.

Servicio.

Higiene.

Cuidado.

Presencia.


Y quizás esa sea también una enseñanza importante del Jiu-Jitsu.


No debemos confundir la forma externa con el principio que la sostiene.

Las formas pueden adaptarse.


Las circunstancias pueden cambiar.


Pero aquello que comprendimos mediante ellas puede continuar acompañándonos durante toda la vida.

Antes de entrenar, preparamos el espacio. Después de entrenar, lo dejamos preparado para volver. Entre ambos momentos, intentamos hacer lo mismo con nosotros mismos.

4th Axis Jiu-Jitsu · Faixa Preta · IBJJF


Sistemas sobre técnicas.

Técnica, carácter y respeto.

 
 
 

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