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Halloween en 4th Axis Jiu-Jitsu: no todos los miedos llevan disfraz

29 oct
6 min de lectura
Alumno de espaldas, con kimono blanco y cinturón blanco, detenido en la entrada frente al tatami azul de 4th Axis Jiu-Jitsu.
A veces, el primer desafío aparece antes de pisar el tatami, la superficie acolchada donde practicamos: reconocer el miedo y darnos la oportunidad de comenzar.

En Halloween hacemos algo curioso: buscamos que nos asusten.


Vemos películas de terror, entramos a casas embrujadas y dejamos que alguien escondido detrás de una puerta nos quite unos años de vida.


En el Arrayán conocimos una versión muy propia de esos sustos. Para subir desde la casa de mis padres hasta la de Patito Cuéllar había que recorrer unas escaleras empinadas en el cerro, entre casas levantadas sobre palafitos, en plena precordillera. De noche, la oscuridad hacía el resto. Patito nos esperaba escondido debajo de la escalera y, cuando pasábamos, nos agarraba los pies. Era un susto memorable. Ahora Martín, su hijo, continúa la tradición.


Después nos reímos. A veces, cuando recuperamos la dignidad.


Sabemos que es parte del juego, pero el sobresalto llega igual.


Fuera de esa celebración también encontramos miedos, aunque suelen presentarse con menos maquillaje. Algunos aparecen antes de una entrevista de trabajo, al hablar frente a otras personas o cuando debemos comenzar de nuevo.


Otros nos acompañan hasta la puerta del dojo, el lugar donde entrenamos.



El primer miedo puede aparecer antes de pisar el tatami


Para alguien que lleva años entrenando, entrar a una academia parece sencillo. Para quien llega por primera vez, puede significar atravesar muchas preguntas:

¿Estaré en condiciones?

¿Voy a hacer el ridículo?

¿Me van a lastimar?

¿Qué pasa si no puedo seguir el ritmo?


Todavía no hay agarres, presión ni un compañero intentando pasar la guardia, es decir, superar nuestras piernas para controlar el torso. Sin embargo, ya existe algo que enfrentar: lo desconocido.


También puede sentirlo quien regresa después de meses sin entrenar. Conoce el lugar y a sus compañeros, pero ahora teme cansarse demasiado, haber olvidado lo aprendido o no estar a la altura de la versión de sí mismo que recuerda.


Visitar otro dojo tiene sus propias incertidumbres. No sabemos cómo trabajan, qué intensidad utilizan o cómo recibirán a un visitante.


A veces, el primer acto de valentía de una clase ocurre al cruzar la puerta.


Por eso importa cómo recibimos a las personas. Un saludo cercano, explicar cómo será la práctica y presentarles un compañero cuidadoso pueden hacer una diferencia. Quien llega necesita saber que puede preguntar y expresar sus límites.



Reconocer lo que sentimos


Durante una lucha podemos sentir miedo a quedar atrapados, a una lesión o a no saber qué hacer. Antes de competir también puede preocuparnos perder o decepcionar a quienes nos acompañan.


No siempre resulta fácil admitirlo. A veces es más cómodo decir «estoy fuera de forma» o «hoy no tengo ganas» que reconocer: «esto me da miedo».


Pero reconocerlo nos entrega información.


Podemos preguntarnos qué nos preocupa. ¿Hay un peligro que debemos atender? ¿Nos falta comprender la posición? ¿Necesitamos bajar la intensidad? ¿Estamos anticipando un resultado que todavía no ocurre?


Una reflexión que tomo del enfoque estoico es aprender a examinar nuestras primeras impresiones antes de dar por cierta toda la historia que construimos a partir de ellas.


Sentir que una situación nos supera no demuestra que seamos incapaces de aprender a enfrentarla. Tampoco nos obliga a continuar a cualquier costo. Podemos detenernos, preguntar y elegir un paso adecuado a nuestras posibilidades.


Esa pausa también se practica.



Aprender a defendernos puede cambiar nuestra relación con el miedo


En 4th Axis ponemos mucho énfasis en la defensa, uno de los tres Pilares de nuestro Sistema Maximus 3-4-5.


Trabajamos para reconocer qué necesita el compañero para controlar o finalizar mediante una técnica de sumisión, impedir que lo consiga y construir una salida cuando sea posible.


Eso significa pasar tiempo en posiciones desfavorables: debajo de una montada —con el compañero sentado sobre nuestro torso—, atrapados en un control lateral —con el compañero encima y atravesado sobre nosotros— o defendiendo la espalda. Son situaciones que pueden sentirse muy incómodas, especialmente cuando todavía no comprendemos qué está ocurriendo.


Las practicamos de manera progresiva, con resistencia ajustada y compañeros que respetan la posibilidad de detenerse. Aprendemos a reconocer amenazas, protegernos y encontrar el siguiente paso concreto.


Quizás todavía no podamos escapar. Pero podemos proteger el cuello, recuperar un apoyo o impedir que avance un agarre.


Buscamos mantener o recuperar la respiración, reducir el esfuerzo innecesario y atender a lo que podemos hacer ahora.


La confianza comienza a construirse mediante esas experiencias. Una situación que antes parecía completamente cerrada empieza a tener detalles reconocibles y posibilidades de acción.


Aprender a salir nos da confianza para atrevernos a avanzar.



El miedo que sentía cuando estaba ganando


Durante mucho tiempo conocí otro miedo: perder una buena posición.


Si conseguía la montada, apretaba y quería mantenerla a toda costa. Había trabajado para llegar hasta allí y no quería arriesgarme a perderla.


Atacar implicaba moverme, cambiar mis apoyos y abrir posibilidades. El compañero podía aprovechar una transición para escapar o invertir la posición.


Entonces me aferraba.


Yo no progresaba hacia un ataque y concentraba todo mi esfuerzo en impedir que el compañero escapara. La lucha se volvía rígida, apretada y agotadora.


Desde fuera podía parecer seguridad. Yo estaba arriba, controlando. Pero parte de esa rigidez nacía del temor a lo que ocurriría si dejaba de estarlo.


Como exploramos al hablar de los cuatro ejes, conservar el control también exige movimiento y adaptación. Aferrarme a una posición podía impedirme reconocer lo que la lucha necesitaba.


Con el tiempo, desarrollar mi defensa cambió esa relación.


Al confiar más en mis recursos para trabajar desde abajo, pude aceptar mejor el riesgo de perder una posición mientras intentaba progresar. Si el compañero escapaba o conseguía una ventaja, todavía tenía posibilidades: protegerme, reorganizarme, recuperar y volver a construir.


Eso me permitió luchar con más libertad.


El miedo dejó de gobernar tantas decisiones. Ya no necesitaba conservar cada ventaja como si fuera mi última oportunidad.


Podía perder una posición y seguir teniendo Jiu-Jitsu.



La confianza también incluye volver a comenzar


Ninguna defensa garantiza salir de todo. A veces el compañero resuelve mejor y necesitamos reconocer la finalización y hacer tap: dar pequeñas palmadas sobre el compañero o el suelo, o indicar verbalmente que queremos detener la acción. Es una señal que debe respetarse de inmediato.


El tap forma parte de ese aprendizaje. Nos permite reconocer lo que ocurrió, cuidar nuestra integridad y continuar practicando. También requiere confiar en que el compañero soltará inmediatamente.


Esa experiencia puede ayudarnos a separar un resultado de nuestro valor personal.

Hoy no conseguí escapar. Eso describe lo ocurrido en una lucha; no define todo lo que soy ni todo lo que puedo aprender.


La confianza y la autoestima encuentran allí un espacio para crecer. Descubrimos capacidades nuevas, pero también aprendemos a tratarnos con respeto cuando todavía no conseguimos algo.


Ese proceso necesita un ambiente que lo acompañe. El profesor tiene la responsabilidad de ajustar los desafíos, reconocer el progreso y evitar que el error se convierta en humillación.


Y cada compañero participa de esa tarea: cuando controla su fuerza, escucha y cuida, permite que otro se atreva a aprender.



Fuera del dojo también hay posiciones incómodas


Una entrevista, una reunión difícil y una lucha son experiencias distintas. Lo aprendido en el tatami no se traslada automáticamente a todas ellas.


Pero podemos hacer ese puente de manera consciente.


Antes de hablar en público, podemos reconocer los nervios, preparar el comienzo y concentrarnos en la primera idea que queremos comunicar.

En una reunión, podemos pedir una aclaración en lugar de quedarnos paralizados por el miedo a parecer poco preparados.

Al retomar una actividad, podemos ajustar nuestras expectativas y permitirnos un período de adaptación.


También podemos reconocer cuándo nos aferramos demasiado a algo conocido por temor a perderlo: una manera de trabajar, una opinión o una imagen de nosotros mismos.


Mi experiencia con la montada me recuerda que proteger lo conseguido puede terminar impidiéndonos avanzar. Confiar en nuestra capacidad de aprender y recuperarnos abre otras posibilidades.


Hay un miedo que conozco de cerca. Tartamudeo y convivo con ello todos los días, tanto en mi trabajo como al enseñar. Hablar frente a otras personas puede traer el temor a trabarme o a no conseguir decir lo que quiero.


En esos momentos encuentro una conexión con lo que practicamos en el tatami: reconocer la dificultad, darme tiempo y continuar sin exigirme que todo salga perfecto. A veces necesito una pausa, reorganizarme y volver a intentarlo.


No necesito expresarme sin dificultades para tener algo valioso que compartir.

El desafío sigue ahí. Yo sigo aprendiendo a enfrentarlo.



No todos los miedos llevan disfraz


Este Halloween quizás busquemos un susto, una película o una buena excusa para comer dulces.


Otros miedos llegarán sin que los invitemos.


Algunos necesitarán tiempo, ayuda o una decisión de detenernos. Otros podremos atravesarlos mediante pequeños pasos, acompañados por personas en quienes confiamos.


En las artes marciales tenemos la oportunidad de practicar ese encuentro: reconocer lo que sentimos, comprender mejor la situación y elegir cómo responder.


A veces comenzará con una defensa.

Otras, con un tap.

Y muchas veces, con algo tan sencillo y tan importante como entrar al dojo y decir:

«Me da un poco de miedo, pero quiero aprender».





4th Axis Jiu-Jitsu · Faixa Preta · IBJJF

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