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Linaje: lo que recibimos, lo que transmitimos

9 oct
19 min de lectura

Actualizado: 15 oct

De un niño que entrenaba solo entre los cerros a un profesor que sueña con seguir aprendiendo hasta los cien años. Una historia sobre los maestros, la gratitud y la responsabilidad de transmitir lo que hemos recibido.


Mestre Fran do Carmo entrega la faixa preta de Brazilian Jiu-Jitsu a David Tapia López durante la ceremonia del 19 de junio de 2026 en Chile.
19 de junio de 2026. Un camino de más de treinta años y una nueva responsabilidad: transmitir lo recibido.

1. Antes de tener un maestro, tuve los cerros


Desde que tengo memoria, las artes marciales han ejercido una fascinación sobre mí.


Crecí en una familia numerosa y de recursos modestos. Durante mis primeros años vivimos en Conchalí, Santiago.


Mi padre, Ángel, trabajaba como conductor de buses interregionales y mecánico automotriz; mi madre, María Elvira, dedicaba gran parte de su vida al cuidado de nuestro hogar y a criarnos. También se había formado como estilista y, durante un tiempo, tuvo su propio salón de belleza.


Éramos siete hermanos. Y seguimos siendo siete hermanos.


Aunque no siempre había dinero para todo, recuerdo una infancia feliz, rodeada de cariño.


Yo era un niño tímido y bastante solitario. Sufría una tartamudez tan intensa que, en ocasiones, prácticamente me impedía hablar. Expresarme frente a otras personas podía convertirse en una experiencia angustiante. A veces sabía perfectamente lo que quería decir, pero las palabras simplemente no salían.


Había, sin embargo, algo que despertaba mi entusiasmo como pocas cosas: los héroes que veía en televisión.


Primero fue Mazinger Z. Después Jet Marte. Y finalmente Sankuokay, que terminó de conquistar mi imaginación. Me fascinaban sus combates, sus movimientos y aquella mezcla de valentía, disciplina y determinación.


En 1982 nos trasladamos a El Arrayán. Tenía seis años y, de pronto, los cerros, el río y los espacios abiertos se convirtieron en mi mundo.


No tenía dinero para entrenar en una academia. Tampoco tenía uniforme, tatamis ni profesores. Pero tenía mi imaginación y unas ganas enormes de aprender.


Subía a los cerros y practicaba solo. Lanzaba golpes y patadas al aire, intentaba reproducir los movimientos que había visto en televisión e inventaba mis propios entrenamientos.


Muchos años después bromearía diciendo que aquello había sido una especie de entrenamiento daguestaní criollo.


Por supuesto, entonces no tenía idea de lo que estaba haciendo. Pero mirando hacia atrás, creo que aquellas primeras experiencias despertaron algo que me acompañaría durante toda la vida.


No solamente quería aprender a luchar. También estaba buscando una manera de sentirme más seguro de mí mismo.



2. Los primeros maestros que no sabía que tenía


Aunque entrenaba solo entre los cerros, mis primeras referencias marciales no provenían únicamente de la televisión.


Mi cuñado, Patricio Cuéllar, a quien siempre llamamos cariñosamente Patito, se casó con mi hermana Pauly cuando ambos eran todavía muy jóvenes. Mis primeros recuerdos de él son de cuando aún vivíamos en Conchalí.


Patito era un joven de los años ochenta, fascinado por Bruce Lee y Chuck Norris. Practicaba Karate y yo lo observaba entrenar, admirando su fuerza, su velocidad y su agilidad.


Era tan tímido que nunca me atreví a pedirle que me enseñara formalmente. Quizás aprendí de él algunos golpes y patadas, pero lo que más recuerdo es haberlo observado.


Había una técnica que me impresionaba especialmente: un De-ashi-barai, un barrido al pie con el que conseguía derribar a su oponente, para después continuar con aquellos golpes característicos del Karate.


Mucho antes de pisar un dojo, Patito fue uno de los primeros artistas marciales que tuve frente a mis ojos.


Mi padre, Ángel, también había practicado boxeo, como tantos hombres de su generación.


Recuerdo verlo hacer sombra de boxeo. Sus movimientos eran precisos, rápidos y efectivos. Había algo en su manera de desplazarse y lanzar los golpes que dejaba ver una habilidad adquirida muchos años atrás.


Su fuerza física también era extraordinaria. Hasta pocos meses antes de fallecer, a los 98 años, todavía cortaba leña. Conservaba una espalda ancha, con una musculatura definida que impresionaba incluso a esa edad.


De niño lo admiraba por aquella fortaleza. Nuestra relación entonces era más bien distante, pero con los años fuimos acercándonos hasta construir una confianza y un cariño muy profundos. Ya de adultos compartimos conversaciones y confidencias que guardo entre mis recuerdos más queridos.


Sin saberlo, estaba aprendiendo de ellos mucho antes de recibir mi primera clase formal.



3. La búsqueda espiritual


Durante mi infancia en El Arrayán tuve la fortuna de conocer a una persona que marcaría profundamente mi vida: Monseñor Cirilo Polidoro Van Vlierberghe, franciscano de origen belga y obispo emérito de Illapel, quien solía pasar gran parte de su tiempo en El Arrayán.


Era un hombre ya anciano, sencillo, trabajador y de una bondad extraordinaria. Para mí, era lo más parecido a conocer a un santo en vida.


Recuerdo con especial cariño nuestras largas conversaciones sobre teología. A pesar de mi juventud, encontraba en él a alguien dispuesto a conversar, compartir sus conocimientos y escuchar mis inquietudes.


Pero lo que más me marcó no fueron solamente aquellas conversaciones, sino su manera de vivir el Evangelio. En él descubrí que la espiritualidad no consistía únicamente en estudiar, rezar o hablar de Dios, sino también en la forma de tratar a los demás, de trabajar y de vivir cada día.


Su ejemplo influyó profundamente en mi manera de comprender la fe y fue una de las personas que despertaron mi vocación religiosa.


A los dieciséis años, después de terminar la enseñanza media, sentí un llamado espiritual e ingresé al seminario de los Legionarios de Cristo.


Durante dos años estudié teología, filosofía, latín y canto gregoriano. Fue una etapa importante en mi formación, que despertó en mí el amor por el estudio, la disciplina, la reflexión y la búsqueda de sentido.


Durante aquellos años tuve la fortuna de contar con la guía del padre John O'Brien, un sacerdote irlandés que estuvo a cargo de mi formación. Su sencillez, su profundo sentido de la vocación y su dedicación a la enseñanza dejaron una huella importante en mí.


Han pasado más de treinta años y todavía lo recuerdo con mucho cariño y gratitud. Al mirar hacia atrás, comprendo que fue uno de esos maestros cuyo ejemplo permanece con nosotros mucho después de que nuestros caminos se separan.


El canto gregoriano también me permitió acercarme al estudio de la respiración, la dicción y el uso de la voz. Aunque aquellas prácticas no consiguieron ayudarme demasiado con mi tartamudez en ese momento, algunas de las herramientas que aprendí terminarían acompañándome durante muchos años.


Llegó un momento en que debí decidir si continuaría mi formación en Europa, con la posibilidad de estudiar en Salamanca y posteriormente en Roma. Finalmente elegí permanecer cerca de mi familia.


Nunca he considerado aquellos años como un tiempo perdido. Por el contrario, muchas de las enseñanzas que recibí siguen acompañándome hasta hoy.


Sin saberlo, aquella búsqueda espiritual me estaba preparando para encontrar otra tradición que reuniría muchas de mis inquietudes.



4. El día en que encontré mi camino


En 1994 comencé a trabajar en el Hotel Hyatt de Santiago, en el área de lavandería. Por primera vez tenía ingresos propios y podía buscar una academia donde estudiar formalmente artes marciales.


Recurrí a las Páginas Amarillas.


Visité diferentes escuelas, observé clases y probé distintas disciplinas, intentando encontrar algo que realmente respondiera a lo que buscaba.


Hasta que encontré Aikikai Chile, ubicado en Libertad 86, en el centro de Santiago, donde continúa funcionando hasta el día de hoy.


Recuerdo aquel día con una claridad que todavía me sorprende. Entré a observar una clase y, de pronto, todo pareció encajar.


Los movimientos precisos y armoniosos, el ceremonial, el Reigi (礼儀), los Kiai (気合), las prácticas de Ame no Torifune (天之鳥船) y Furitama (振魂).


Aquella tradición japonesa, que hasta entonces conocía principalmente a través de libros, películas e imágenes fragmentadas, estaba viva frente a mis ojos.


No era solamente una manera de combatir. Era una manera de practicar, estudiar y relacionarse con los demás.


Se me llenaron los ojos de lágrimas.


«Esto es. Esto es lo mío».


Sentí que había encontrado algo que llevaba años buscando.


Allí conocí a profesores que dejaron huellas importantes en mi formación. De Jorge Rojo recuerdo especialmente la precisión técnica y el Metsuke (目付け), la utilización deliberada de la mirada. De Elson Olea y Mario Perillán, la fluidez de sus movimientos y unos Ukemi (受け身) impecables.


Con el tiempo también profundicé en la historia de Morihei Ueshiba, Sōkaku Takeda y maestros como Morihiro Saito y Hitohira Saito.


Comencé a descubrir que la tradición no era algo distante, encerrado en libros antiguos. Era algo que podía practicar, experimentar y comprender personalmente.


Entonces todavía no entendía que, al ingresar a aquel dojo, estaba entrando en una historia mucho más antigua que yo.


Cada movimiento, cada saludo y cada enseñanza habían recorrido un largo camino antes de llegar a mis manos.



5. Encontrar mi voz entre los cerros


Durante aquellos años ocurrió algo que tuvo una importancia especial en mi vida.


Comencé a subir nuevamente a los cerros de El Arrayán. Pero esta vez ya no era el niño que imaginaba combates inspirado por la televisión.


Ahora practicaba Aikido.


Realizaba Ame no Torifune y Furitama, repitiendo sus movimientos mientras coordinaba la respiración y la voz.


Subía solo a los cerros y practicaba una y otra vez, acompañando los ejercicios con los Kiai que había aprendido en el dojo.


¡Ei ho! ¡Ei ho! ¡Ei ho!

¡Ei ha! ¡Ei ha! ¡Ei ha!

¡Ei, ei! ¡Ei, ei! ¡Ei, ei!


Gritaba a todo pulmón, rodeado por el eco de las montañas.


Aquellos ejercicios de respiración, movimiento y expresión vocal me ayudaron a desarrollar confianza y autocontrol.


Durante gran parte de mi infancia había tenido dificultades para encontrar las palabras.


Ahora estaba aprendiendo a utilizar mi respiración, mi cuerpo y mi voz de otra manera.


No significa que mi tartamudez desapareciera. Incluso hoy, cuando hablo demasiado rápido o me pongo nervioso, todavía puede manifestarse.


Pero las artes marciales me entregaron herramientas para enfrentar aquellas dificultades y mejorar mi relación conmigo mismo.


Mucho antes de comprender plenamente su significado, comenzaba a experimentar algo que después reconocería en una enseñanza de Morihei Ueshiba:


Masakatsu Agatsu (正勝吾勝) — La verdadera victoria es la victoria sobre uno mismo.



6. El encuentro con el Jiu-Jitsu


Mientras profundizaba en el Aikido, también crecía mi curiosidad por el Jiu-Jitsu asociado a las antiguas escuelas japonesas. Había leído sobre Sōkaku Takeda y el Daitō-ryū (大東流), pero el conocimiento disponible era escaso.


Entonces llegó a mis manos una grabación del primer Ultimate Fighting Championship.


Ver a Royce Gracie enfrentarse y vencer a oponentes físicamente imponentes, provenientes de diferentes disciplinas, produjo un impacto enorme en mí.


Había algo que no comprendía.


¿Cómo podía controlar a aquellos luchadores utilizando posiciones y movimientos que yo nunca había estudiado?


Quería aprenderlo.


Pero en el Chile de los años noventa encontrar enseñanza de Brazilian Jiu-Jitsu no era sencillo.


Fue el profesor Fernando Delgado quien terminó abriéndome aquella puerta.


Fernando, que también tendría una influencia importante en mi formación de Aikido y posteriormente de Iwama-Ryu, me comentó que estaba entrenando Jiu-Jitsu.


Un día me hizo una demostración. Desde una posición que entonces me resultaba completamente desconocida —el control lateral— estableció una figura cuatro y aplicó una llave Americana.


Intenté escapar y terminé lesionándome el codo.


No fue precisamente una introducción delicada.


Pero aquella experiencia terminó de convencerme de que necesitaba comprender ese mundo.


Acepté su invitación y llegué a la escuela de Cristián «Gorila» Martínez, ubicada en calle San Pablo 4080, en Santiago.


Allí comenzaría una de las etapas más importantes de mi formación marcial.



7. Cristián Martínez y los años del Vale Todo


Llegar a la escuela de Cristián Martínez fue encontrarme con una realidad completamente distinta. El entrenamiento era exigente, físico y directo.


Entrené con Cristián desde 1997 hasta 2003 y aprendí a valorar especialmente su disposición a observar diferentes artes marciales e incorporar aquello que demostraba ser efectivo.


En una época en que muchas disciplinas defendían sus propios métodos como sistemas completos, aquella mentalidad abierta tenía un valor especial.


El Vale Todo estaba creciendo y el conocimiento de la lucha de suelo representaba una ventaja táctica importante.


También era una época en que el conocimiento circulaba de una manera muy diferente.


Una revista podía convertirse en un tesoro. Una cinta VHS podía estudiarse durante meses. Cada oportunidad de aprender algo nuevo era valiosa.


En 2003, antes de un viaje a Suiza, Cristián me entregó un diploma y un cinturón correspondientes al grado de Monitor de Martínez Vale Tudo. Fue un reconocimiento que conservo con cariño y gratitud.


De aquellos años me quedaron experiencias, amistades y enseñanzas. Pero si tuviera que destacar una, sería su disposición a aprender de diferentes disciplinas sin quedar limitado por una sola manera de comprender el combate.



8. Las enseñanzas que permanecen


Con el tiempo continué estudiando con otros profesores.


Víctor Vásquez me transmitió una forma de practicar caracterizada por la fuerza y el vigor. Con él continué desarrollando mi Jiu-Jitsu, primero en La Florida y después en Las Condes.


En 2003 conocí a Álvaro Bobadilla, a través de Víctor, y recibí de sus manos mi anhelada faixa azul.


Álvaro dejaría en mí enseñanzas que van mucho más allá de lo técnico: amistad, trabajo, dedicación y familia.


También continué, dentro de mis posibilidades, practicando Aikido con Fernando Delgado, profundizando en Iwama-Ryu y participando en seminarios con Hitohira Saito.


De Fernando recibí una comprensión del Aikido marcada por su dimensión marcial, su exigencia y el sentido del Budō (武道), el «camino marcial». Nuestra relación trascendió el tatami y se convirtió en una amistad; tengo incluso el privilegio de ser padrino de su hijo, Jiddu.


Cada uno de aquellos maestros me entregó algo distinto. No solamente técnicas, sino maneras de estudiar, entrenar, enfrentar las dificultades y relacionarme con los demás.

Con los años comprendí que cada profesor enseña desde su propia historia, sus experiencias y las circunstancias en que se formó.


Todos ellos contribuyeron a construir los fundamentos sobre los que sigo aprendiendo.



9. Nueve tatamis en Quilicura


En 2015 tomé una decisión que cambiaría mi relación con el Jiu-Jitsu.


Instalé un pequeño dojo en mi casa, en Quilicura.


Tenía nueve tatamis de un metro por un metro.


Nada extraordinario.


Pero para mí significaban muchísimo.


Comencé enseñando a familiares, amigos y conocidos. Y descubrí que transmitir conocimientos me producía una satisfacción diferente a la de aprender una técnica nueva o superar a un compañero durante el entrenamiento.


Enseñar también me enfrentó a una dificultad que me había acompañado desde niño: mi tartamudez.


Al principio fue muy desafiante. Explicar una técnica frente a un grupo de personas podía provocarme un estrés considerable. Conocía los movimientos, sabía lo que quería transmitir, pero en ocasiones las palabras simplemente no salían como esperaba.


Con el tiempo aprendí algo importante: no necesitaba hablar perfectamente para enseñar bien.


Comencé a aceptar que algunas veces podía trabarme con una palabra o una frase. Mis alumnos también lo entendieron. Nunca necesité ocultarles esa dificultad; me aceptaron tal como soy.


Poco a poco fui encontrando mi propia manera de comunicarme.


Hoy mi tartamudez es casi imperceptible. Hablo con una cadencia suave, pausada, y un fraseo que se ha vuelto muy característico.


También utilizo herramientas de oratoria, dicción y respiración que aprendí muchos años atrás, durante mi formación en el seminario.


Es curioso pensar que aquellas lecciones, que entonces no consiguieron ayudarme demasiado con mi tartamudez, terminaron encontrando un propósito inesperado tantos años después.


Aquello que durante mi infancia me había hecho sentir tan inseguro terminó contribuyendo a formar mi propia voz como profesor.


Enseñar también me obligó a estudiar de otra manera.


Ya no bastaba con saber ejecutar un movimiento. Debía poder explicar por qué funcionaba, qué problemas resolvía, qué obstáculos podían impedirlo y cómo adaptarlo cuando el oponente respondía.


Cada pregunta de mis alumnos se convirtió en una oportunidad para profundizar en mi propio conocimiento.


No siempre tenía una respuesta inmediata. A veces debía volver a estudiar, probar alternativas y reconsiderar explicaciones que hasta entonces me parecían suficientes.


Poco a poco fui comprendiendo que enseñar no consiste únicamente en demostrar lo que sabemos. También significa reconocer lo que todavía necesitamos aprender.


Con el tiempo continué avanzando en mi formación. Recibí mi faixa roxa con la ayuda de Víctor Vásquez y, años después, nuestro dojo se incorporó a GFTeam gracias al apoyo de Álvaro Bobadilla.


Fundada por Mestre Julio Cesar Pereira en Brasil, GFTeam es una organización de Jiu-Jitsu que reúne a profesores y academias de distintos países. Aquella incorporación nos permitió formar parte de una comunidad mucho más amplia, conectando nuestro pequeño dojo de Quilicura con una tradición que se extendía más allá de nuestras fronteras.


En 2023, durante una visita de Álvaro desde Australia, recibí mi faixa marrón.


Pero mientras avanzaban los años y cambiaban los cinturones, lo que más me interesaba era encontrar mejores maneras de enseñar.


Quería que mis alumnos aprendieran no solamente las técnicas, sino también los principios que permiten comprenderlas. Que desarrollaran la capacidad de observar, experimentar, resolver problemas y tomar sus propias decisiones.


Poco a poco, aquel pequeño espacio de nueve tatamis comenzó a convertirse en algo más importante que un lugar para entrenar.


Se estaba convirtiendo en una comunidad.




El esfuerzo de continuar


Todavía hoy convivo con muchas dudas.


Tengo un trabajo de tiempo completo que exige buena parte de mi energía, tres hijas, mi madre, mi familia y todas las responsabilidades que acompañan la vida cotidiana.


Y también está el Jiu-Jitsu.


Preparar las clases, estudiar, entrenar, acompañar a mis alumnos y mantener vivo nuestro pequeño dojo requiere tiempo y dedicación.


Un tiempo que debo aprender a distribuir entre personas y responsabilidades que son igualmente importantes para mí.


No siempre resulta sencillo.


Hay días en que termino agotado, en que las preocupaciones se acumulan y me pregunto cómo encontraré el tiempo o las fuerzas para cumplir con todo.


No tengo una respuesta definitiva. Sigo aprendiendo a encontrar ese equilibrio, y hay días en que lo consigo mejor que otros.


A veces avanzar significa estudiar una técnica nueva. Otras veces, simplemente llegar al dojo, abrir las puertas y compartir el tatami con mis alumnos después de una jornada difícil.


No siempre avanzo tanto como quisiera, pero sigo avanzando.



10. Un maestro de manos abiertas


En 2025 recibimos una noticia devastadora.


Mi suegra, María de los Ángeles Guerrero, a quien cariñosamente llamábamos Mae, fue diagnosticada con cáncer de páncreas.


La Mae siempre había sido una gran impulsora de mis entrenamientos. Me apoyaba, se interesaba por mis avances y compartía conmigo la ilusión de que algún día recibiera la faixa preta.


Viajé con Melissa a Brasil para visitarla. Durante nuestra estadía en Santo André, São Paulo, busqué academias de GFTeam donde pudiera continuar entrenando. Quería aprovechar aquella oportunidad para conocer a otros profesores de la organización a la que pertenecía nuestro dojo.


Así conocí a Mestre Fran do Carmo.


Desde el primer momento sentí que nos conocíamos de toda la vida.


Fran nos recibió con una cercanía que me sorprendió. Nos abrió las puertas de su dojo, nos hizo regalos y compartió generosamente su tiempo y sus conocimientos. Incluso llamó a Mestre Julio Cesar Pereira para que pudiera saludarlo y conversar con él.


De aquel encuentro nació una amistad que continuó creciendo.


La Mae falleció el 17 de diciembre de 2025, sin alcanzar a presenciar aquel momento que tanto había esperado. Pero había dejado preparado un regalo muy especial: ella misma había comprado la faixa preta que algún día me entregarían.


Seis meses después, el 19 de junio de 2026, Mestre Fran viajó a Chile para compartir una jornada muy especial con nosotros.


Primero dirigió un seminario para mis alumnos. Entrenamos, estudiamos técnicas y disfrutamos de la oportunidad de aprender directamente de él.


Después llegó el momento de la entrega de mi faixa preta, en una ceremonia sencilla, cálida y familiar.


Estábamos solamente mis alumnos, Melissa, mis tres hijas —Javiera, Matilde y Beatriz—, y Mestre Fran junto a su familia: Bruna, su esposa, y Maya, su hija.


No había invitados especiales ni grandes preparativos. Era nuestro pequeño dojo, rodeado de las personas con quienes compartía mi vida y mi práctica.


Recuerdo especialmente las palabras de Fran.


Nos contó que, al entrar a nuestro dojo, había sentido que allí se respiraba Jiu-Jitsu. Habló de un espíritu de lucha, de Budō —el camino marcial—, de disciplina y de un ambiente que no se construye solamente con técnicas o instalaciones.


Dijo que sabía que yo me despertaba y me acostaba pensando en Jiu-Jitsu, porque ese amor por el arte se reflejaba en mis alumnos, en su calidad humana y en su manera de entrenar.


Mientras lo escuchaba, comenzaron a llegarme recuerdos.


El 2025 había sido un año muy difícil. Habíamos despedido a Maximus, nuestro perro y compañero de tantos años, a Patito, a mi padre Ángel y a la Mae.


Y allí, en medio de aquella ceremonia, los recordé a todos.


Volví por un instante a los cerros de El Arrayán, a mis primeros entrenamientos, cuando apenas era un niño que soñaba con aprender artes marciales.


Recordé a Patito practicando Karate, aquellos movimientos que observaba de niño sin atreverme a pedirle que me enseñara. Pensé en mi padre Ángel y en lo orgulloso que habría estado de verme allí.


Y recordé los paseos con Max, tantos momentos sencillos que hoy atesoro.


También volví a aquellos años en que buscaba una academia en las Páginas Amarillas, a las primeras clases de Aikido y a las cintas VHS que estudiaba intentando comprender los movimientos del Jiu-Jitsu.


Era una mezcla de alegría, gratitud y tristeza. Una ola de recuerdos que llegó de pronto, mientras escuchaba a Fran hablar de nuestro dojo y de mis alumnos.


Entonces Fran habló de la Mae.


Recordó que ella había soñado con presenciar aquel día y que, aunque ya no estuviera físicamente con nosotros, estaba allí, mirándonos y sonriendo.


No pude contener las lágrimas.


El cinturón que estaba recibiendo había sido comprado por ella. Era su regalo, su cariño y su manera de acompañarme en un momento que había esperado durante tantos años.


Después de más de treinta años de artes marciales, recibí mi faixa preta.


Y algunas personas continúan acompañándonos incluso después de partir.



11. Lo que transmitimos


Cuando comencé a enseñar, descubrí que muchas de las preguntas más interesantes no aparecían mientras ejecutaba una técnica, sino cuando intentaba explicarla.


¿Por qué funciona este movimiento? ¿Qué ocurre si el oponente cambia su postura? ¿Por qué una técnica resulta sencilla contra un compañero y prácticamente imposible contra otro?


Esas preguntas me obligaron a observar con más atención.


Con el tiempo comencé a organizar mi enseñanza alrededor de los problemas que debemos resolver durante el combate y de los principios que nos permiten encontrar soluciones.


Al enseñar una Kimura, por ejemplo, no me interesa solamente que el alumno memorice dónde colocar sus manos, sino que comprenda cómo controlar al oponente y qué alternativas aparecen cuando este defiende.


Lo mismo ocurre con el Kuzushi (崩し), el desequilibrio: aprender a reconocer qué sostiene al adversario, cómo provocar una reacción y cuándo aparece la oportunidad de actuar.


Esta manera de estudiar ha ido dando forma a nuestra metodología en 4th Axis Jiu-Jitsu.

Pero hay algo que considero todavía más importante que cualquier sistema técnico.


La disposición a seguir aprendiendo.


Recuerdo una ocasión en que uno de mis alumnos llegó al dojo con algo que ninguno de nosotros había estudiado: la guardia K.


Comenzó a mostrarnos sus entradas, sus posibilidades de ataque y las transiciones que había aprendido.

Nos sorprendió a todos.


Pero lo que más recuerdo es la alegría con que recibimos aquel descubrimiento. De pronto, teníamos frente a nosotros un nuevo problema técnico que explorar.


Comenzamos a practicarla, a estudiar sus fortalezas y debilidades, a comprender cuándo podía funcionar y qué respuestas podía encontrar un oponente que conociera sus mecanismos.


Y así, gracias a la iniciativa de uno de mis alumnos, incorporamos algo nuevo a nuestra práctica.


No fui yo quien llegó con una técnica para enseñarla. Fue uno de mis alumnos quien nos abrió una puerta que todavía no habíamos explorado.


Y todos aprendimos.


Recuerdo los años en que conseguir una revista o una cinta VHS era una oportunidad extraordinaria. Hoy podemos estudiar a profesores de todo el mundo, observar competiciones, intercambiar ideas y acceder a conocimientos que antes habrían requerido años de búsqueda.


En nuestro dojo no considero una deslealtad que un alumno entrene en otra academia. Cuando alguien regresa con una técnica o una idea nueva, me interesa conocerla.


La probamos, analizamos sus posibilidades y tratamos de comprender qué podemos aprender de ella.


Un alumno que regresa al dojo con algo nuevo no interrumpe la enseñanza. La hace crecer.


Pero con los años también he comprendido que enseñar artes marciales no consiste solamente en compartir conocimientos. A veces, lo más valioso que nace de un dojo son las relaciones que construimos y que permanecen incluso cuando nos separan miles de kilómetros.


Pienso en mi primo Martin López, que vive en Inglaterra, y en su hijo Santiago, a quien todos llaman cariñosamente Santi.


Martin viajó por primera vez a Chile para conocer a su familia latina. Pasó varias semanas en Linares, alojándose en casa de sus hermanas, y algunos días en Santiago.


Durante su visita encontró tiempo para compartir con nosotros, mientras Santi aprovechó la oportunidad de entrenar en nuestro pequeño dojo de Quilicura.


Recibirlos fue una verdadera alegría.


Admiro profundamente la dedicación de Martin para acompañar a su hijo en su pasión por las artes marciales, apoyarlo en su camino y ayudarlo a crecer.


Y Santi, a su manera, también nos ha regalado algo muy especial.


Él llama cariñosamente a nuestra pequeña academia «el dojo del Uncle Deivid», como me gusta escribir su manera de pronunciar mi nombre en inglés.


Dondequiera que sus competiciones lo lleven, por Europa y otros lugares, lleva con orgullo la camiseta de nuestro dojo. Aunque vivimos a miles de kilómetros de distancia, lo considero uno de mis alumnos, parte de nuestra pequeña familia de 4th Axis.


Verlo llevar nuestro nombre tan lejos de casa me llena de alegría y orgullo. Me recuerda que los vínculos que construimos a través de las artes marciales no se miden en kilómetros, y que aquello que compartimos sobre el tatami puede llegar mucho más lejos de lo que alguna vez imaginamos.



12. El linaje continúa


Cuando hablamos de linaje en las artes marciales, solemos pensar en una sucesión de nombres.


Maestros que enseñaron a otros maestros, generaciones conectadas por una tradición que llega hasta nosotros.


Esa historia merece ser conocida y respetada.


Pero después de tantos años he llegado a comprender que un linaje también se manifiesta en aquello que permanece vivo dentro de nosotros.


En nuestra manera de movernos, de estudiar, de tratar a los compañeros y de enfrentar las dificultades.


En los pequeños detalles que aprendimos de alguien y que, quizás sin darnos cuenta, terminamos enseñando a otros.


A veces el linaje se encuentra en algo tan pequeño como la posición de un dedo.


Durante el seminario del 19 de junio de 2026, poco antes de entregarme la faixa preta, Mestre Fran nos enseñó un ajuste en la tomada del Okuri-eri-jime, una estrangulación que utiliza las solapas del uniforme.


Habitualmente, al tomar la gola (el cuello del kimono), colocamos el pulgar por debajo y los otros cuatro dedos por encima. Fran nos mostró una variación que me sorprendió: llevar también el meñique por debajo, dejando el índice, medio y anular por encima.


Así, el pulgar y el meñique forman una especie de tenaza que refuerza considerablemente la firmeza del agarre y dificulta que el oponente consiga liberarlo tirando de la solapa.


Me resultó especialmente interesante porque, desde mis años de Aikido, conocía la importancia del meñique en el agarre del bokken, el sable de madera utilizado en la práctica de las artes marciales japonesas. Allí, los dedos meñique, anular y medio desempeñan un papel fundamental en la sujeción, pero nunca se me había ocurrido aplicar aquella comprensión de una manera tan diferente al agarre de la gola.


Hoy, cuando enseño esa técnica a mis alumnos, también les transmito aquel ajuste que Fran nos mostró.


Y cada vez que lo hago, algo de aquella clase continúa vivo en nuestro dojo.


También reconozco en mi manera de enseñar la precisión que admiraba en mis primeros profesores, el rigor y la disciplina del Budō que aprendí de Fernando Delgado, la apertura de Cristián Martínez y la generosidad con que Mestre Fran nos recibió en Brasil.


Algunas enseñanzas siguen presentes casi exactamente como las aprendí. Otras han evolucionado con los años, enriquecidas por nuevas experiencias, preguntas y descubrimientos.


Todas forman parte de mi camino.


No pretendo haber llegado al final.


Si Dios me concede salud y vida, espero continuar practicando y enseñando hasta los cien años, al menos.


Todavía tengo muchísimo que aprender.


No quiero ser el límite de mis alumnos. Quiero ser parte del camino que les permita superarme.


Porque el linaje no termina en quien recibe una enseñanza. Continúa en quienes la hacen suya, la enriquecen y, algún día, la entregan a otros.


A veces pienso en aquel niño de El Arrayán.


Lo recuerdo entrenando solo entre los cerros, lanzando golpes y patadas al aire, imaginando combates que había visto en televisión.


Sin uniforme, sin tatamis y sin un maestro que pudiera enseñarle formalmente.


Hoy, cuando abro las puertas de nuestro dojo, me gusta pensar que aquel niño finalmente encontró lo que buscaba.






David Tapia López

4th Axis Jiu-Jitsu · Cinturón negro de Brazilian Jiu-Jitsu



Nota cultural: Ame no Torifune y Furitama


Ame no Torifune (天之鳥船) — La embarcación celestial

Su nombre contiene los caracteres 天 (ame, cielo), 之 (no, partícula de relación), 鳥 (tori, ave) y 船 (fune, embarcación). Hace referencia a una embarcación celestial de la mitología japonesa.


En el Aikido se asocia con Funakogi Undō (舟漕ぎ運動), literalmente «ejercicio de remar». Consiste en movimientos rítmicos del cuerpo y los brazos, coordinados con la respiración y, en algunas formas de práctica, con vocalizaciones enérgicas.


Furitama (振魂) — Sacudir el espíritu

Su nombre combina 振 (furu, sacudir o hacer vibrar) y 魂 (tama, alma o espíritu).

Se practica habitualmente con las manos juntas frente al abdomen, realizando una vibración rítmica mientras se mantiene la concentración. Está relacionado con prácticas tradicionales de purificación y preparación espiritual que influyeron en el Aikido.


Ambos ejercicios presentan variaciones de ejecución e interpretación entre distintas escuelas.


1 comentario


Francisco
10 oct

Excelente historia! Muchas gracias por el esfuerzo que hace día a día. Ossu!

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