Ichi-go ichi-e (一期一会): la atención como forma de cuidado
Del té y el arco al servicio y al tatami de 4th Axis Jiu-Jitsu

Hay encuentros que parecen repetirse.
Entramos al mismo dojo. Saludamos a las mismas personas. Practicamos una técnica que ya conocemos.
Pero nadie llega exactamente igual que ayer.
Ichi-go ichi-e (一期一会) nos invita a reconocerlo: este encuentro, con estas personas y en estas circunstancias, ocurre una sola vez.
Conservo notas de hace muchos años en la aplicación Notas de mi teléfono. En una de ellas, fechada el 8 de noviembre de 2012, había guardado una explicación de ichi-go ichi-e.
Entonces la relacionaba con el budō y con la importancia de no tratar la práctica como si pudiéramos repetir indefinidamente el mismo instante.
Con el tiempo fui reconociendo esa idea en otros lugares: en los seminarios que compartí con Saito Hitohira Sensei en Chile y en el extranjero, en mi trabajo como Chief Concierge y, hoy, en nuestro tatami.
Qué significa ichi-go ichi-e
Ichi-go ichi-e (一期一会) suele traducirse como «una vida, un encuentro». Ichigo(一期) alude a una vida entera; ichie(一会), a un encuentro único. No significa que solo veremos a alguien una vez. Podemos reencontrarnos, pero ningún encuentro reúne exactamente las mismas condiciones.
La expresión procede del mundo del té japonés. Omotesenke recoge una idea atribuida a Sen no Rikyū en el Yamanoue Sōji-ki: tratar cada reunión como una ocasión que sucede una vez en la vida. Siglos después, durante el período Edo tardío, Ii Naosuke empleó la formulación ichi-go ichi-e en Chanoyu Ichie-shū. Por eso conviene distinguir la idea asociada a Rikyū de la forma de la frase que usamos hoy.
En una reunión de té, esa conciencia compromete tanto a quien recibe como a quien llega: preparar, observar, agradecer y cuidar el tiempo compartido. La escuela Urasenke recuerda que esto también vale para el entrenamiento y para los encuentros cotidianos.
También he encontrado una idea cercana en la arquería japonesa. En el Meishin Kyudojo recuerdan la máxima en inglés «One arrow, one life», que podríamos traducir como «Una flecha, una vida». Su enseñanza es tratar cada tiro con atención, sin disparar solo por repetir el gesto. Se puede volver a tensar el arco, pero no recuperar el tiro que acaba de salir: cambiaron la respiración, el cuerpo y el momento. Esa máxima no es una traducción de ichi-go ichi-e; para mí, ambas invitan a tomarse en serio lo que ocurre ahora.
No digo que el té, el kyūdō y el Jiu-Jitsu sean una misma práctica.
Lo que encuentro en ellos es una pregunta que vale la pena llevar a la nuestra:
¿cómo nos comportamos cuando sabemos que este encuentro es único?
Lo que aprendí a observar junto a Saito Sensei
Compartí con Saito Hitohira Sensei durante encuentros en el extranjero. En algunos de esos viajes colaboré con la organización de la estadía del grupo de Chile. Fueron días de convivencia que comenzaban de madrugada y se prolongaban hasta después de la cena; también pude participar en cenas y celebraciones junto a Sensei y sus uchideshi, discípulos que viven y entrenan en el dojo de su maestro.
Recuerdo que Sensei extendía el brazo sin siquiera mirar y alguien ya estaba allí para ofrecerle un bokken, una espada de madera utilizada en la práctica de las artes marciales japonesas. Nadie había tenido que pedirlo en voz alta.
En aquel entorno vi una forma de reigi que se expresaba en los detalles. Para mí, estar atento no era mantener una pose. Era percibir lo que sucedía y estar dispuesto a actuar de manera adecuada.
Con el tiempo comprendí que esa atención podía acompañarme fuera del dojo.
La atención en el servicio
En esa época trabajaba en el hotel Radisson como Chief Concierge. Comencé a llevar aquella disposición al servicio de los huéspedes y también a mi relación con los compañeros, botones y porteros a mi cargo.
En el budō había aprendido que la atención también es preparación: percibir lo que cambia a nuestro alrededor y estar listos para responder. Llevé esa disposición al hotel, donde significaba advertir lo que una persona podía necesitar.
A veces era reconocer un gesto antes de escuchar una solicitud. Otras veces, preparar el diario para que un huésped no se manchara los dedos al leerlo, o, cuando un huésped bajaba de un auto, taxi o van, abrirle la puerta y colocar una mano sobre el borde superior del marco para evitar que se golpeara la cabeza.
Y también significaba escuchar de verdad a mi equipo. Si en una conversación alguien me contaba que tenía un cumpleaños o una reunión familiar, trataba de ajustar su turno, cuando era posible, para que pudiera estar allí. A veces se sorprendían: todavía no me habían pedido nada.
Así entendía kikubari (気配り): prestar atención a los demás y considerar lo que pueden necesitar. No se trataba de adivinarlo todo ni de decidir por otra persona, sino de observar, escuchar y ayudar cuando había una oportunidad real de hacerlo.
Una persona atenta es una persona alerta. No porque mire a los demás como amenazas, sino porque observa lo que ocurre y se prepara para actuar según la situación. A veces la respuesta es ofrecer ayuda; otras, tomar distancia ante un riesgo o proteger a alguien más.
Para mí, eso también es budō. Estar atento forma parte de la lucha: nos permite reconocer un cambio antes de quedar obligados a reaccionar tarde. Y esa misma atención puede ayudarnos fuera del tatami, cuando necesitamos reconocer una situación de riesgo, tomar distancia o proteger a alguien antes de recurrir a la fuerza.
Estar presentes en el roll
Hoy reconozco esa misma exigencia desde que entramos al dojo, y especialmente cuando luchamos.
Un roll, como llamamos habitualmente al combate de práctica en Jiu-Jitsu, nos devuelve al presente de manera inmediata. Si un compañero alcanza nuestra gola, el cuello o solapa de nuestro kimono, y amenaza una estrangulación, no podemos defendernos pensando en el examen de mañana o en un informe pendiente. Debemos percibir lo que está ocurriendo, reconocer nuestras opciones y responder.
Quien ataca también debe prestar atención: a la reacción del compañero, a la intensidad que está aplicando y a la señal de rendición. En ese momento, cuidar es tan importante como ejecutar la técnica.
Podemos detenernos, rendirnos y volver a practicar. Pero nunca volvemos al mismo intercambio. Aunque repitamos el movimiento, las posiciones, las decisiones y las personas ya han cambiado.
Por eso estar presentes no significa simplemente concentrarnos más. Significa reconocer al compañero que tenemos delante y responder a este encuentro, no a una versión imaginada o automática de él.
Hacer espacio para lo importante
Alrededor de 2019 y 2020, coincidiendo con el comienzo de la pandemia, descubrí el estoicismo.
Fue un encuentro importante para mí. No porque me enseñara una manera completamente nueva de vivir, sino porque me permitió reconocer, ordenar y dar nombre a una filosofía que, de alguna manera, ya intentaba practicar.
Entre sus enseñanzas hubo dos que adquirieron un significado especial: Memento mori, el recuerdo de nuestra mortalidad, y Premeditatio malorum, la práctica de contemplar anticipadamente las dificultades y pérdidas que forman parte de la vida.
Estas reflexiones no me llevaron a vivir preocupado por la muerte. Por el contrario, me ayudaron a comprender mejor el valor del tiempo y la necesidad de utilizarlo deliberadamente.
Siempre he intentado organizar mis días para dar cabida, dentro de lo posible, a las cosas que considero importantes.
Por eso mis clases de Jiu-Jitsu son los lunes, miércoles y viernes. Los martes y jueves procuro reservarlos para mi familia.
No significa que siempre consiga mantener ese equilibrio. El trabajo, las responsabilidades y los imprevistos también forman parte de la vida. Pero intento que mi tiempo refleje, tanto como sea posible, aquello que verdaderamente valoro.
Desde 2018, mi hija Beatriz y yo mantenemos una costumbre muy querida: los martes y jueves subimos a El Arrayán a tomar once con nuestra familia.
Con el tiempo, y especialmente después de descubrir el estoicismo, fui comprendiendo cada vez mejor el valor de reservar deliberadamente aquellos momentos para estar juntos.
Mis padres estaban envejeciendo. Mi padre ya había superado los noventa años y mi madre también se hacía mayor. Sabía que nuestro tiempo juntos no era ilimitado.
Y aunque no podía hacer nada para detener el paso de los años, sí podía decidir qué hacer con los días que todavía teníamos.
No subíamos para celebrar una ocasión especial.
Subíamos para estar juntos.
Las onces de chismorreos
Cada vez que llegábamos con mi hija Beatriz, mi mamá y mi papá nos recibían con una sonrisa.
Mi padre, con aquel entusiasmo tan suyo, anunciaba:
—¡Les tengo preparada la oncecita!
Lo que, en realidad, significaba que solamente había puesto la tetera.
Durante años compartimos aquella mesa con mis padres y mis hermanas. En algunas ocasiones también se sumaban mis hijas Javiera y Matilde.
Conversábamos, nos reíamos y procurábamos dejar a un lado las pantallas para disfrutar de estar juntos.
Pronto comenzaban nuestros habituales «chismorreos», como terminamos llamando cariñosamente a aquellas onces.
Mi padre estaba muy bien informado sobre la actualidad nacional. Conocía las noticias, los acontecimientos políticos y los pormenores de lo que sucedía en el país.
Siempre tenía algo que contar, alguna opinión que compartir o algún tema que discutir.
Hablábamos de todo. De las noticias, de la familia, de nuestras preocupaciones, de la vida y también de la muerte.
Y, por supuesto, estaban sus aventuras.
Recuerdo una que todavía me hace sonreír.
Tenía 96 años cuando decidió salir solo a cobrar su jubilación, cerca del metro Pedro de Valdivia. Al llegar, le informaron que la oficina se había trasladado hasta las inmediaciones del metro Los Leones.
Así que se fue caminando.
Al intentar apresurarse para cruzar un semáforo, perdió el equilibrio y cayó de cabeza debajo de una camioneta.
Las personas que estaban alrededor, al verlo bajo el vehículo, pensaron que lo habían atropellado. La situación se volvió tan confusa que algunos incluso querían agredir al conductor.
Mi padre nos contaba todo aquello muerto de la risa.
Yo lo escuchaba con los ojos muy abiertos, entre sorprendido y asustado, mientras él seguía relatando su aventura como si se tratara de la cosa más divertida del mundo.
Así eran nuestras onces.
Nunca sabíamos qué historia nos esperaba, qué noticia terminaríamos discutiendo o hacia dónde nos llevaría la conversación.
Mi padre falleció en agosto de 2025.
Hoy extraño su voz, su risa, sus historias y aquella manera tan suya de recibirnos anunciando que tenía preparada la oncecita.
Pero también siento una gratitud enorme.
Porque durante aquellos años no me limité a pensar que algún día podría perderlo.
Intenté actuar mientras todavía podía compartir tiempo con él.
No siempre lo conseguí de manera perfecta. Hubo días de cansancio, preocupaciones y responsabilidades, como en cualquier familia.
Pero seguimos subiendo.
Y hoy, cuando recuerdo aquellas tardes, comprendo que la enseñanza no estaba solamente en recordar que algún día terminarían.
Estaba en haber estado allí mientras todavía sucedían.
Hoy quiero seguir cultivando esa misma atención en cada encuentro con mi madre, mis hermanas y mis hijas. Escuchar sus historias, conversar y reír, sin dejar que las pantallas se lleven ese tiempo.
Porque, aunque volvamos a reunirnos alrededor de la misma mesa, esta once, con estas personas y en este momento, no volverá a ocurrir exactamente igual.
Aquí y ahora
Cuando escribí por primera vez sobre Ichi-go ichi-e, en noviembre de 2012, me interesaba comprender aquella enseñanza japonesa y su relación con las artes marciales.
Hoy, después de tantos años, la reconozco también en lugares que entonces quizás no habría imaginado.
En la atención que aprendí observando a Saito Sensei, en los pequeños gestos de servicio durante mis años en el hotel, en el cuidado de un compañero durante el entrenamiento y en aquellas onces de martes y jueves con mi familia en El Arrayán.
No creo que el significado de Ichi-go ichi-e haya cambiado. Lo que ha cambiado es mi manera de comprenderlo y de intentar llevarlo a la práctica.
No puedo hacer que un encuentro dure para siempre ni volver a vivirlo exactamente de la misma manera. Pero sí puedo decidir cómo estar presente mientras ocurre.
Hay encuentros difíciles y días en que entrenar cuesta. Estar presente no me obliga a encontrar hermoso cada momento; me permite reconocerlo y cuidar mi respuesta.
Al terminar cada clase de Jiu-Jitsu, después de luchar, hacemos una breve meditación guiada. Les pido que respiren profundo y relajen, poco a poco, la frente, la mandíbula, el cuello, los hombros, la espalda, el pecho, el vientre, la cadera, los muslos, las piernas y los pies. Luego llevamos la atención a la inhalación, sentimos el aire llenar los pulmones y exhalamos largo, dejando salir el aire.
Permanecemos algunas respiraciones en silencio.
Entonces les digo en voz alta:
Nos llenamos de gratitud. Damos las gracias por nuestros cuerpos, por nuestra fuerza, por la oportunidad de entrenar, por nuestra familia, nuestros amigos, por este momento.
Nos hacemos presentes aquí y ahora.
Respiren profundo.
No existe otro momento, solo aquí y ahora.
Referencias para profundizar
Omotesenke, glosario del camino del té: «一期一会». Explica el sentido de la expresión y su formulación en el libro de Ii Naosuke.
Urasenke, «Hajimete no ocha» (Introducción al té). Explica la atención entre anfitrión e invitado y el valor de cada encuentro.
Sapporo Seishu, club de kyūdō. Un ejemplo actual del uso de ichi-go ichi-e en la práctica de arquería.
Meishin Kyudojo, «The Importance of Basics». Menciona la máxima «One arrow, one life» al hablar de practicar cada tiro con atención.
4th Axis Jiu-Jitsu · Faixa Preta · IBJJF
Sistemas sobre técnicas.
Técnica, carácter y respeto.




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